Tal vez suene egoísta o puede que encierre connotaciones narcisistas cuanto voy a exponer, pero el verbo priorizar, siento decirlo: lo conjugamos muy mal en mi opinión.

Priorizamos responsabilidades laborales-profesionales, familiares, atendiendo siempre –por encima de los cuidados propios– a los demás (compañeros de trabajo o profesión, clientes, pareja, hijos, padres), olvidando o dejando de lado el cuidar de nuestro bienestar (palabra que deriva de bien y estar) y a la larga, sin darnos cuenta, y sin marcar límites o demarcar espacios de auto sanación, … nos debilitamos y enfermamos por agotamiento.

Seguro que más de uno y una se siente identificado/a con estas situaciones. Y es normal. Al ser seres emocionales y empáticos solemos dar nuestro tiempo y energías a procurar el bien de los demás. Y eso es sano y alabable.

Lo malo es cuando ese «dar» se convierte en obligación per se, cuando de tu vida se espera siempre el «estar» disponible para todo, pues llega el día en que te das cuenta que tanto priorizar las peticiones de otros, … has ido dejando de atender tu cuidado y bienestar personal. Justo ahí te planteas ¿por qué no me he priorizado a mí? antes que a los demás.

Cuidar de uno mismo no es egoísmo, es salud.

Porque si no estás sano, activo y protegiéndote de los designios de arrimar el hombro –de constante– hacia los demás, tu paz se quiebra y resiente. No hay más claro ejemplo que aquél refrán popular: «Tanto va el cántaro a la fuente, que al final se rompe«.

Cuando te priorizas

¿Qué ocurre realmente?

Ocurren cosas buenas. Principalmente para tí, para tu salud psico-emocional. Porque cuando te priorizas estás más fuerte, conservas más energía, eres más feliz y sólo cuando eres feliz es cuando puedes volver a dar, sin convertir ese dar en tu modo de actuar de continuo, que te agota y desgasta.

Cuando te priorizas…

Empiezas a escucharte.

Y parece algo sencillo, pero no lo es. Porque durante mucho tiempo hemos aprendido a escuchar las necesidades de los demás antes que las nuestras. Sabemos cuándo nuestros hijos necesitan algo, cuándo nuestra pareja está preocupada, cuándo nuestros padres requieren atención, cuándo en el trabajo hay que arrimar el hombro un poco más… pero ¿sabemos realmente cuándo nosotros necesitamos parar?

Priorizarse también significa aprender a reconocer esas señales.

Ese cansancio que llevas semanas, meses o años arrastrando. Esa falta de ganas que antes no estaba. Esa irritabilidad que aparece por cualquier cosa. Esa sensación de que todo el mundo tiene un hueco en tu agenda, menos tú.

Quizás no necesites hacer grandes cambios.

Quizás necesites empezar por algo tan sencillo como decir: «Hoy necesito tiempo para mí».

Y no sentirte culpable por ello.

Porque priorizarte no significa dejar de cuidar a quienes quieres. No significa convertirte en una persona egoísta, desentendida o indiferente. Significa comprender que tú también formas parte de las personas a las que debes cuidar.

Y ahí está, probablemente, una de las grandes confusiones.

Nos han enseñado que cuidar es dar.

Dar tiempo. Dar atención. Dar soluciones. Dar compañía. Dar respuestas. Estar disponibles.

Pero cuidar también es saber cuándo no puedes dar más.

Es poner un límite antes de llegar al agotamiento. Es aprender a decir «no» cuando realmente quieres decir «no». Es reservar un espacio para descansar sin tener que justificarlo. Es hacer algo que te gusta simplemente porque te hace bien, aunque durante ese rato no estés resolviendo ningún problema de nadie.

También es pedir ayuda.

Porque no siempre tenemos que poder con todo.

A veces pensamos que ser fuertes consiste en aguantar. En seguir adelante. En no quejarnos. En poder con el trabajo, la casa, la familia, las obligaciones y, además, mantener una sonrisa.

Pero quizá la verdadera fortaleza esté en reconocer que somos personas y que también tenemos límites.

Priorizarte no consiste en colocarte siempre por delante de los demás.

Consiste en dejar de colocarte siempre detrás.

Porque cuando tú estás bien, todo cambia.

Tienes más paciencia. Más claridad para tomar decisiones. Más energía para afrontar los problemas. Disfrutas más de las personas que quieres y, sobre todo, puedes ayudar sin sentir que cada nueva petición supone quitarte un poco más de ti mismo.

Y quizá ahí esté la clave:

No se trata de dejar de dar.

Se trata de no desaparecer mientras das.

Por eso, la próxima vez que alguien necesite algo de ti, antes de responder automáticamente «sí», quizá puedas hacerte una pregunta muy sencilla:

«¿Y yo, cómo estoy?»

No siempre tendrás que decir que no.

Pero tampoco tienes que decir que sí siempre.

Porque cuidarte también es una forma de cuidar tu vida.

Y priorizarte, aunque durante mucho tiempo nos hayan hecho creer lo contrario, no es egoísmo.

Es recordar que tú también importas.

Y quizá por eso, aquí seguimos creyendo en algo que parece sencillo, pero que a veces olvidamos:

#serfeliznocuestatanto.