ser feliz no cuesta tanto cuidar la salud

Hay una frase que escuchamos constantemente:

«Lo importante es tener salud».

Y probablemente sea una de las verdades más grandes que existen.

Sin embargo, muchas veces pensamos en la salud únicamente cuando nuestro cuerpo nos recuerda que existe.

Un dolor. Un análisis que no sale como esperábamos. Una visita al médico. Una noche sin dormir. Un cansancio que ya no conseguimos disimular.

Y entonces nos damos cuenta de algo que quizá deberíamos recordar mucho antes:

la salud no es solamente que nuestro cuerpo funcione bien.

También tiene mucho que ver con cómo estamos viviendo. Con cómo pensamos. Con cómo sentimos. Con cómo nos relacionamos. Con el trabajo que hacemos. Con las personas que tenemos cerca.

Y también con la relación que mantenemos con nosotros mismos.

El cuerpo habla

Durante mucho tiempo hemos aprendido a cuidar nuestro cuerpo cuando aparece un problema.

Pero quizá deberíamos aprender también a escucharlo antes.

El cuerpo tiene una curiosa manera de avisarnos de que algo no va bien. A veces aparece el cansancio. O el insomnio. O esa sensación permanente de estar acelerados. O la falta de ganas. O la irritabilidad por cosas que normalmente no nos afectarían. O ese nudo en el estómago que aparece antes de entrar al trabajo.

No todo tiene necesariamente una causa emocional, por supuesto.

Y cuando existe un problema de salud debemos acudir a los profesionales correspondientes.

Pero tampoco deberíamos olvidar que somos una sola persona.

Nuestro cuerpo y nuestra mente no viven en habitaciones separadas.

Lo que nos preocupa puede afectar a cómo dormimos. Lo que nos desgasta puede influir en nuestro estado de ánimo. Y aquello que llevamos demasiado tiempo callando puede terminar pesando más de lo que imaginábamos.

Por eso cuidar la salud también debería significar aprender a preguntarnos de vez en cuando:

«¿Cómo estoy?»

Y no solamente:

«¿Qué me duele?»

La familia también puede cansarnos

Decir esto puede parecer extraño. Queremos a nuestra familia. Por supuesto. Pero querer a alguien no significa que nuestra relación con esa persona sea siempre fácil.

En todas las familias existen preocupaciones, diferencias, discusiones, silencios, responsabilidades y momentos complicados.

A veces somos padres. Otras veces hijos. Parejas. Hermanos. Abuelos.

Y cada etapa de la vida trae sus propias preocupaciones.

Quizá uno de los grandes aprendizajes de la madurez sea comprender que querer no significa solucionar la vida de todo el mundo.

Podemos ayudar. Escuchar. Acompañar. Estar presentes. Pero también tenemos derecho a poner límites. A descansar. A tener nuestro propio espacio. A decir «hoy no puedo».

Y eso no significa querer menos.

Significa entender que para cuidar de los demás también necesitamos cuidarnos nosotros.

En la pareja no deberíamos tener que ganar siempre

Hay parejas que convierten cada discusión en una competición.

Quién tiene razón. Quién empezó. Quién dijo aquello primero. Quién cedió más. Quién pidió perdón.

Y quizá, después de años de convivencia, la pregunta más importante no sea quién tiene razón.

Quizá sea:

«¿Queremos seguir estando bien juntos?»

Porque una pareja no debería convertirse en una batalla permanente por demostrar quién gana.

A veces tenemos razón. Otras veces la tiene la otra persona. Y algunas veces, sencillamente, los dos vemos una parte de la realidad. Escuchar no significa estar de acuerdo. Pedir perdón no significa ser culpable de todo.

Ceder no significa perder. Y hablar con cariño no significa ser débil.

Hay conversaciones que podrían terminar mucho antes si cambiáramos una frase:

En lugar de:

«Tú siempre…»

quizá podríamos empezar diciendo:

«A mí esto me hace sentir…»

Parece una pequeña diferencia. Pero las pequeñas diferencias también pueden cambiar una relación.

El trabajo no debería quedarse a vivir dentro de nuestra cabeza

Pasamos una parte enorme de nuestra vida trabajando. Y el trabajo puede proporcionarnos satisfacción, orgullo, seguridad, aprendizaje y relaciones humanas maravillosas. Pero también puede convertirse en una fuente constante de preocupación.

El problema empieza cuando salimos del trabajo… pero el trabajo no sale de nosotros.

Seguimos pensando en aquella conversación. En el cliente. En el jefe. En el compañero. En el problema que quedó pendiente. En lo que deberíamos haber dicho. En lo que tendremos que hacer mañana.

Y así llegamos a casa físicamente presentes, pero emocionalmente todavía sentados frente al ordenador.

No siempre podemos cambiar nuestro trabajo.

Pero quizá sí podamos aprender a poner una frontera. Una frontera imperfecta, pero necesaria. Porque nuestra profesión forma parte de nuestra vida.

No debería convertirse en toda nuestra vida.

Y esto también vale para quien trabaja por cuenta propia. Ser responsable de un negocio puede hacer que sea muy difícil desconectar. Siempre hay algo pendiente. Una factura. Un cliente. Una venta. Una decisión. Una idea. Una preocupación.

Pero incluso el motor más resistente necesita parar.

También necesitamos equilibrio profesional

Hay otra cuestión de la que hablamos poco. Nuestra identidad profesional.

A veces confundimos lo que somos con lo que hacemos. «Soy administrativo.» «Soy empresario.» «Soy profesor.» «Soy médico.» «Soy albañil.» «Soy comercial.»

Pero no. Eso es lo que hacemos.

No es todo lo que somos.

Somos mucho más.

Somos padres. Parejas. Amigos. Hijos. Personas con ilusiones. Con recuerdos. Con miedos. Con aficiones. Con sueños que quizá todavía no hemos cumplido.

Y con una vida que continúa cuando termina nuestra jornada laboral.

Por eso, cuando nuestro trabajo atraviesa un momento complicado, no deberíamos permitir que nuestra autoestima se derrumbe con él.

Un negocio puede ir mal. Un proyecto puede fracasar. Podemos perder un empleo. Podemos equivocarnos profesionalmente.

Y aun así…

seguir siendo nosotros.

Un fracaso profesional describe un momento. No define a una persona.

La salud emocional también necesita hábitos

Cuidar nuestra salud emocional no consiste en estar felices todos los días.

Eso sería imposible. Y probablemente tampoco sería saludable.

Hay días malos. Días tristes. Días de enfado. Días de incertidumbre. Días en los que simplemente no tenemos ganas de nada.

Y no pasa nada.

No necesitamos convertir cada emoción negativa en un problema que haya que eliminar inmediatamente. A veces necesitamos simplemente sentirla, entenderla y dejar que pase.

Pero sí podemos construir pequeños hábitos que nos ayuden. Dormir suficientemente. Mover nuestro cuerpo. Comer razonablemente bien. Salir a caminar. Hablar con alguien. Reírnos. Reducir aquello que nos desgasta innecesariamente. Aprender a decir que no. Dejar el teléfono un rato. Disfrutar de una conversación sin mirar una pantalla. Hacer algo simplemente porque nos gusta.

Y, de vez en cuando, no hacer absolutamente nada.

Parece poco.

Pero quizá la vida esté hecha precisamente de esas pequeñas cosas.

Aprender a soltar

Hay una palabra que puede mejorar considerablemente nuestra salud emocional:

soltar.

Soltar una discusión que ya no lleva a ninguna parte. Soltar la necesidad de tener siempre razón. Soltar una culpa que llevamos demasiados años arrastrando. Soltar a quien decidió marcharse. Soltar aquello que no podemos cambiar. Soltar expectativas imposibles. Soltar la necesidad de agradar a todo el mundo.

Y, sobre todo, aprender a distinguir entre aquello que depende de nosotros y aquello que no.

Porque una de las mayores fuentes de sufrimiento probablemente sea gastar nuestra energía intentando controlar lo que nunca estuvo bajo nuestro control.

No podemos decidir qué piensa otra persona. No podemos controlar cómo reaccionará. No podemos garantizar que alguien nos quiera. No podemos evitar todos los problemas. No podemos impedir que la vida nos golpee.

Pero sí podemos intentar decidir cómo queremos responder a aquello que nos sucede.

Cuidarnos no es egoísmo

Quizá nos hayan educado para pensar que cuidar de nosotros mismos es una forma de egoísmo.

Primero los hijos. Primero la pareja. Primero los padres. Primero el trabajo. Primero las obligaciones.

Y nosotros…

ya después.

Cuando quede tiempo.

Pero hay un problema:

a veces ese momento nunca llega.

Cuidarnos no significa abandonar a los demás. Significa intentar estar en mejores condiciones para compartir la vida con ellos. Una persona agotada difícilmente puede cuidar bien. Una persona permanentemente enfadada difícilmente puede transmitir serenidad. Una persona que se desprecia a sí misma difícilmente puede vivir plenamente sus relaciones.

Por eso, cuidarnos también puede ser una forma de cuidar a quienes queremos.

Y quizá todo empiece por una pregunta

No hace falta cambiar nuestra vida de arriba abajo. Quizá podamos empezar por algo mucho más sencillo. Pararnos un momento.

Y preguntarnos:

¿Cómo estoy viviendo?

No:

«¿Cuánto gano?»

No:

«¿Qué piensan de mí?»

No:

«¿Qué tengo?»

No:

«¿Qué me falta?»

Sino:

«¿Cómo estoy?»

¿Cómo estoy con mi familia? ¿Cómo estoy con mi pareja? ¿Cómo estoy en mi trabajo? ¿Cómo estoy con mis amigos? ¿Cómo estoy conmigo mismo?

Porque quizá el equilibrio emocional no consista en conseguir que todas las áreas de nuestra vida sean perfectas.

Quizá consista en reconocer cuándo alguna de ellas necesita nuestra atención.

A veces será necesario cambiar. Otras veces aceptar. En ocasiones pedir ayuda. Y algunas veces, simplemente, descansar.

No todo tiene que resolverse hoy.

La vida también necesita espacio para respirar

Con los años he aprendido que muchas cosas que parecían importantísimas terminaron siendo simplemente cosas que ocurrieron.

Algunas salieron bien. Otras salieron mal. Algunas personas llegaron. Otras se marcharon. Hubo éxitos. Hubo errores. Momentos de enorme felicidad. Y otros que hubiera preferido no vivir.

Pero todos ellos forman parte de la misma historia.

La nuestra.

Y quizá cuidar nuestra salud, tanto física como emocional, consista también en aprender a vivir esa historia con un poco más de paciencia. Sin exigirnos ser perfectos. Sin exigir que todo salga bien. Sin castigarnos constantemente por lo que hicimos mal.

Sin olvidar disfrutar de lo que sí tenemos.

Porque la vida no es solamente aquello que tenemos que solucionar.

También es aquello que podemos disfrutar mientras la vivimos.

Una conversación. Un café. Un paseo. Una comida familiar. Una carcajada inesperada. Una fotografía. Una canción. Un abrazo. Un domingo sin prisas. Una persona que nos escucha. Un «¿cómo estás?» dicho de verdad.

Quizá la felicidad no sea vivir sin problemas. Quizá sea aprender a no permitir que los problemas ocupen todo el espacio de nuestra vida.

Y quizá cuidar nuestra salud sea, en buena medida, aprender a reservar un pequeño espacio para nosotros.

Para respirar. Para sentir. Para querer. Para descansar. Para seguir.

Porque, al final, no se trata solamente de vivir muchos años.

Se trata de intentar vivirlos lo mejor posible.

Y, como siempre… y aunque pueda no parecerlo

Ser feliz no cuesta tanto.